
Aquel objeto de deseo no quedaba lejos de mi ubicación, sólo tenía que andar unas semanas en la dirección correcta para alcanzarlo, pero las semanas se transformaron en meses y los meses pasaron a ser años. En cada posada mi cuerpo sucumbía ante los encantos de la cómoda cama y las suaves sábanas, mientras mi cabeza se acomodaba en la almohada, que aunque no siempre fue cobijo del cráneo, siempre mantuvo la esférica en lugar seguro.
El camino escondía placeres ilimitados y mi corazón no fue capaz de evadirlos, cayendo rendido ante los frutos del pecado que brotaban de los altos árboles, fuera de mi alcance. Pero el hombre es arrogante y en mi interior soplaban aires de hombría, mis pies clavaron sus punteras en el duro tronco y mis manos, aun sufriendo el raspado de la corteza, se agarraron fuertemente y treparon, incluso al final del trayecto mis dientes hicieron de pinzas para agarrarse a una débil rama, entonces no sabía que mi objetivo estaba al final del camino, no en la copa del árbol, y caí tronco abajo, cavando un agujero en la tierra y saludando a las raíces.
El camino se me alargaba, ahora no sólo tenía que llegar al final del trayecto, antes debía salir de aquel hoyo por mí cavado...
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